Publicado en sendas "Cartas al Director" en El Economista el 5 y 23 de noviembre de 2009
¿Cómo se entiende la paradoja de que seamos uno de los países europeos donde más ha aumentado la inversión en la Investigación y Desarrollo (I+D) casi un 13% entre el año 2001-2006 y que la Comisión Europea sitúe a España muy lejos de la media europea de innovación? La respuesta quizá esté en que la I+D supone fundamentalmente crear un nuevo conocimiento, pero sólo puede llegar a transformarse en riqueza mediante la innovación (i). Innovar requiere algo más que conocimiento y aprendizaje, consiste en crear valor, haciendo cosas nuevas o incluso haciendo las mismas cosas, pero de forma diferente. Nuestro esfuerzo inversor en I+D no acaba de transformarse en riqueza, no se rentabiliza lo suficiente, quizá por ello no mejoremos posiciones en el ranking europeo de innovación.
Indudablemente, innovar requiere tiempo, conlleva riesgos y tiene una tasa de éxito lo suficientemente baja como para que no resulte atractiva para muchas organizaciones del sector privado, muecho menso en ciclos económicos recesivos. En el caso del sector público, innovar es toda una asignatura pendiente, ya que resulta contradictorio con su tradicional funcionamiento burocrático y ajeno a la competencia, sometido además a sus propios ciclos y horizontes político-electorales.
Ahora bien, en un contexto de crisis económica, que afecta tanto al sector privado, como al público, no basta con seguir las inercias pasadas. El futuro se hace más viable para aquellos que son capaces de innovar y transformar su conocimiento y experiencia, su "know how", su "best practice", estimulando su "benchmarking" para adaptar sus procesos y su organización hacia la generación de nuevos valores añadidos. Además en un mundo cada vez más globalizado, las tecnologías de la información y el conocimiento (tic) resultan ineludibles para la I+D+i, sea cual sea el ámbito en el que se pretendan impulsar.
En todo caso, más importante es el espíritu emprendedor (e), el deseo de progreso, de transformación y de cambio para hacer posible que el conocimiento se transforme en innovación, y por tanto en valor añadido, en riqueza y bienestar. El emprendedor es la condición necesaria para dar vida a la I+D+i. Sin emprendedores, no hay I+D+i. La voluntad de cambio, el espíritu emprendedor y el aprovechamiento de los recursos tecnológicos pueden ser multiplicados a través de "viveros", "laboratorios", "parques tecnológicos", o cualesquiera otros plataformas, espacios y/o redes de trabajo que contribuyan a identificar y aprovechar oportunidades para hacer posible un crecimiento económico sostenible.
Las escuelas, las universidades, las empresas, las administraciones públicas (especialmente las locales y autonómicas por su proximidad al tejido productivo) tienen aún mucho camino por delante, predicando con el ejemplo, asumiendo modelos de investigación y desarrollo innovadores con soporte tecnológico en la gestión de sus recursos, fomentando la generación de capital humano emprendedor, estimulando el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y primando la iniciativa y la interrelación empresarial; en suma, contribuyendo de forma efectiva a la generación de activos económicos, que son claves para garantizar nuestro bienestar y sostenibilidad colectiva, tanto a nivel económico, como social y medioambiental.
Ahora bien, en un contexto de crisis económica, que afecta tanto al sector privado, como al público, no basta con seguir las inercias pasadas. El futuro se hace más viable para aquellos que son capaces de innovar y transformar su conocimiento y experiencia, su "know how", su "best practice", estimulando su "benchmarking" para adaptar sus procesos y su organización hacia la generación de nuevos valores añadidos. Además en un mundo cada vez más globalizado, las tecnologías de la información y el conocimiento (tic) resultan ineludibles para la I+D+i, sea cual sea el ámbito en el que se pretendan impulsar.
En todo caso, más importante es el espíritu emprendedor (e), el deseo de progreso, de transformación y de cambio para hacer posible que el conocimiento se transforme en innovación, y por tanto en valor añadido, en riqueza y bienestar. El emprendedor es la condición necesaria para dar vida a la I+D+i. Sin emprendedores, no hay I+D+i. La voluntad de cambio, el espíritu emprendedor y el aprovechamiento de los recursos tecnológicos pueden ser multiplicados a través de "viveros", "laboratorios", "parques tecnológicos", o cualesquiera otros plataformas, espacios y/o redes de trabajo que contribuyan a identificar y aprovechar oportunidades para hacer posible un crecimiento económico sostenible.
Las escuelas, las universidades, las empresas, las administraciones públicas (especialmente las locales y autonómicas por su proximidad al tejido productivo) tienen aún mucho camino por delante, predicando con el ejemplo, asumiendo modelos de investigación y desarrollo innovadores con soporte tecnológico en la gestión de sus recursos, fomentando la generación de capital humano emprendedor, estimulando el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y primando la iniciativa y la interrelación empresarial; en suma, contribuyendo de forma efectiva a la generación de activos económicos, que son claves para garantizar nuestro bienestar y sostenibilidad colectiva, tanto a nivel económico, como social y medioambiental.