(Publicado por Esperanza Aguirre en el diario EXPANSIÓN el 27-05-2010)
Si algo ha puesto de relieve la crisis económica y financiera internacional es que en España llevábamos bastante tiempo viviendo muy por encima de nuestras posibilidades. Es decir, muy por encima de lo que permiten nuestra productividad y nuestra competitividad.
Y si hemos podido vivir por encima de nuestras posibilidades durante, al menos, los últimos siete u ocho años, ha sido gracias un crédito exterior barato y abundante, que cuando, tras la crisis de las subprime, dejó de fluir, ha dejado al descubierto todas nuestras carencias y debilidades.
Ha dejado al descubierto, en primer lugar, que en España tenemos uno de los marcos institucionales más prolijos, enrevesados y costosos del mundo desarrollado. Un sistema muy ágil a la hora de producir regulaciones y normativas específicas que tienden a romper la unidad del mercado nacional, y un sistema también muy ágil cuando se trata de incrementar el gasto público. Pero un sistema extraordinariamente rígido cuando se trata de reducir gastos y burocracia.
En segundo lugar, ha quedado también al descubierto la extraordinaria rigidez e ineficacia de nuestro marco laboral, que sólo es capaz de crear empleo muy lentamente cuando la economía crece muy por encima del 2%, pero que, a diferencia de lo que ocurre en los países de nuestro entorno, lo destruye a una velocidad vertiginosa cuando el crecimiento económico es débil, no digamos negativo. Y como nuestro sistema de pensiones y de protección social descansa, casi únicamente, en los impuestos que gravan el trabajo, cuando se deja de crear empleo –y no digamos cuando se destruye empleo masivamente– las pensiones y las prestaciones por desempleo se tambalean.
Pero, sobre todo, con la crisis ha quedado al descubierto algo que ya nos venía diciendo nuestra elevadísima ratio de déficit comercial antes de la crisis (un 11% del PIB), cifra que, a pesar de la honda crisis económica que atraviesa España, todavía está en torno al 5% del PIB. Ha quedado al descubierto la preocupante falta de productividad y de competitividad de la economía española, que, a pesar de la drástica caída del consumo y de la inversión, todavía sigue comprando al exterior mucho más de lo que vende.
En definitiva, la crisis ha puesto de manifiesto que nuestro modelo económico e institucional es insostenible, incluso en tiempos de bonanza y con tipos de interés bajos. Y es insostenible, no a largo plazo, tampoco a medio plazo. Es insostenible hoy. De ahí que Rodríguez Zapatero, muy en contra de sus anteriores declaraciones y bajo presiones exteriores, se haya visto obligado a aprobar la pasada semana la disminución del salario de los funcionarios, la congelación de las pensiones, el recorte de las ayudas para la dependencia y la paralización de las inversiones públicas.
Con todo, estos recortes apenas van a suponer un ahorro de 15.000 millones de euros, menos de un 3,9% del gasto previsto en los Presupuestos Generales del Estado de 2010. En otras palabras, el ahorro que suponen esas medidas apenas es una gota en un vaso de agua, justo la gota que, de momento, evita que el déficit rebose y que se nos cierre el acceso al crédito exterior. Y la cifra, unos 15.000 millones de euros, por cierto, es sospechosamente parecida a la suma del FEIL (9.000 millones de euros) y de su secuela, el FEES (5.000 millones de euros), una iniciativa al más puro estilo keynesiano de abrir y cerrar zanjas que no ha servido, como ya sabían todos los expertos, para detener la caída del empleo, sino para sumar nuevas dificultades a la ya crítica situación financiera de España.
Esta crisis es mucho más grave que la del petróleo. De hecho, puede decirse, sin temor a exagerar, que si no actuamos pronto, si no cogemos, como se dice coloquialmente, el toro por los cuernos, no sólo nos arriesgamos a perder el tren del desarrollo, como mínimo para la próxima década. Nos arriesgamos a tirar por la borda 50 años de desarrollo económico que introdujeron a España en el primer mundo.
No podemos seguir con una estructura administrativa e institucional tan intrincada, prolija y costosa como la nuestra, que apenas tiene parangón en los países más desarrollados: una Administración central, 17 comunidades autónomas y más de 8.000 ayuntamientos que gestionan, en muchos casos, competencias duplicadas y triplicadas. Recientemente, hemos superado la cifra de 3 millones de funcionarios, cuando en 1978 había poco más de 1.300.000 en toda España, y eso que, en 1978, todavía no había ordenadores personales, ni teléfonos móviles ni Internet.
Al coste financiero de una estructura administrativa de este calibre hay que añadir también el coste, aún más importante, de la maraña normativa y legislativa que emana de las 21 cámaras legislativas que tenemos en España (el Congreso, el Senado, 17 autonómicas y 2 ciudades autónomas). Un auténtico laberinto normativo que está desvirtuando el mercado único español y que, por ello, se está convirtiendo en un serio obstáculo a la actividad económica y empresarial.
Otro factor en nuestra contra es que España es uno de los países desarrollados más dependientes del petróleo y del gas. Y lo es porque, en España, la energía nuclear tiene, incomprensiblemente, un papel menguante, en lugar de tener, como en el resto del mundo, un papel creciente, dado que es la energía más eficaz, más barata y más limpia de todas.
Ninguna de nuestras universidades está entre las 200 mejores del mundo, aunque somos la novena o la décima potencia económica del mundo. Y son pocos los universitarios españoles que, al acabar la carrera, pueden hablar inglés con fluidez. Esta es una realidad que debería llevarnos a una profunda reflexión acerca de la calidad y la eficacia de nuestro sistema educativo, y acerca de su influencia en la competitividad de nuestro sistema productivo, especialmente en lo que concierne a la innovación tecnológica. Nuestro sistema financiero, en lugar de ser catalizador del crecimiento económico, se ha convertido en uno de sus principales lastres, y habría que sanearlo a fondo.
Muchas pequeñas y medianas empresas rentables y solventes se ven abocadas al cierre porque las entidades financieras, particularmente las cajas de ahorro, no les conceden créditos. Y no se los conceden ahora porque, en primer lugar, han prestado más de lo que podían prestar y ahora necesitan toda la liquidez que puedan obtener para apuntalar sus balances. El problema es que, buena parte de la destrucción de empleo proviene, por desgracia, de empresas rentables y solventes que se ven abocadas a la quiebra porque no pueden financiar su capital circulante o sus operaciones corrientes.
Es preciso abordar cuanto antes una profunda reforma del marco laboral en España. Hace ya años que nos lo recomiendan todos los expertos y los organismos internacionales, incluido el Banco de España, porque no podemos seguir por más tiempo con un marco laboral propio de una dictadura autárquica y cerrada al exterior que nos convierte en la fábrica de parados de Europa. Y la clave no es abaratar el despido o recortar los derechos de los trabajadores.
La clave es, más bien, facilitar la contratación de trabajadores en empleos más flexibles y, por lo tanto, más estables. Y aquí, el principal obstáculo es la negociación colectiva. Y es que, como muy bien ha señalado Jordi Sevilla el pasado domingo en El Mundo, tienen que existir fórmulas intermedias entre estar empleado a tiempo completo haciendo horas extraordinarias o quedarse en el paro. Con esta rigidez, no es extraño que, cuando vienen las vacas flacas, España se convierta en la principal fábrica de parados de Europa.
Ha llegado la hora de decir la verdad a los españoles: serán necesarios muchos sacrificios y muchos recortes como los que ha aprobado el Gobierno. Tendremos que admitir que el crédito, probablemente, nunca volverá a ser tan barato ni tan fácil de obtener como lo ha sido hasta ahora. Tendremos que admitir, pese a quien le pese, que la Administración tiene que adelgazar y tiene que ser mucho más austera: tanto el Estado como las comunidades autónomas y los municipios, que de ahora en adelante tendrán que coordinar mucho más sus políticas, sus actuaciones y sus competencias, y mirar cada euro que se gasta como si fuera el último.
Tendremos que admitir que, si queremos crear empleo, no podremos seguir con un marco laboral que no se parece en nada al de los países de nuestro entorno y sí en mucho al de una dictadura autárquica. Tendremos que admitir que, si queremos garantizar las pensiones, habrá que ir, cuando menos, a un sistema que haga depender más directamente la pensión que se cobre de lo que se haya cotizado en toda la vida laboral. Y tendremos que admitir que si queremos competir, en la era de la globalización, con los países más avanzados, tendremos que reformar a fondo nuestro sistema educativo.
Es la hora de la responsabilidad y de la altura de miras. Van a ser necesarios muchos sacrificios y a los políticos nos corresponde, más que nunca, explicar con claridad a los ciudadanos cuál es la verdadera situación, ofrecer propuestas y huir de la demagogia y del populismo.
Y si hemos podido vivir por encima de nuestras posibilidades durante, al menos, los últimos siete u ocho años, ha sido gracias un crédito exterior barato y abundante, que cuando, tras la crisis de las subprime, dejó de fluir, ha dejado al descubierto todas nuestras carencias y debilidades.
Ha dejado al descubierto, en primer lugar, que en España tenemos uno de los marcos institucionales más prolijos, enrevesados y costosos del mundo desarrollado. Un sistema muy ágil a la hora de producir regulaciones y normativas específicas que tienden a romper la unidad del mercado nacional, y un sistema también muy ágil cuando se trata de incrementar el gasto público. Pero un sistema extraordinariamente rígido cuando se trata de reducir gastos y burocracia.
En segundo lugar, ha quedado también al descubierto la extraordinaria rigidez e ineficacia de nuestro marco laboral, que sólo es capaz de crear empleo muy lentamente cuando la economía crece muy por encima del 2%, pero que, a diferencia de lo que ocurre en los países de nuestro entorno, lo destruye a una velocidad vertiginosa cuando el crecimiento económico es débil, no digamos negativo. Y como nuestro sistema de pensiones y de protección social descansa, casi únicamente, en los impuestos que gravan el trabajo, cuando se deja de crear empleo –y no digamos cuando se destruye empleo masivamente– las pensiones y las prestaciones por desempleo se tambalean.
Pero, sobre todo, con la crisis ha quedado al descubierto algo que ya nos venía diciendo nuestra elevadísima ratio de déficit comercial antes de la crisis (un 11% del PIB), cifra que, a pesar de la honda crisis económica que atraviesa España, todavía está en torno al 5% del PIB. Ha quedado al descubierto la preocupante falta de productividad y de competitividad de la economía española, que, a pesar de la drástica caída del consumo y de la inversión, todavía sigue comprando al exterior mucho más de lo que vende.
En definitiva, la crisis ha puesto de manifiesto que nuestro modelo económico e institucional es insostenible, incluso en tiempos de bonanza y con tipos de interés bajos. Y es insostenible, no a largo plazo, tampoco a medio plazo. Es insostenible hoy. De ahí que Rodríguez Zapatero, muy en contra de sus anteriores declaraciones y bajo presiones exteriores, se haya visto obligado a aprobar la pasada semana la disminución del salario de los funcionarios, la congelación de las pensiones, el recorte de las ayudas para la dependencia y la paralización de las inversiones públicas.
Con todo, estos recortes apenas van a suponer un ahorro de 15.000 millones de euros, menos de un 3,9% del gasto previsto en los Presupuestos Generales del Estado de 2010. En otras palabras, el ahorro que suponen esas medidas apenas es una gota en un vaso de agua, justo la gota que, de momento, evita que el déficit rebose y que se nos cierre el acceso al crédito exterior. Y la cifra, unos 15.000 millones de euros, por cierto, es sospechosamente parecida a la suma del FEIL (9.000 millones de euros) y de su secuela, el FEES (5.000 millones de euros), una iniciativa al más puro estilo keynesiano de abrir y cerrar zanjas que no ha servido, como ya sabían todos los expertos, para detener la caída del empleo, sino para sumar nuevas dificultades a la ya crítica situación financiera de España.
Esta crisis es mucho más grave que la del petróleo. De hecho, puede decirse, sin temor a exagerar, que si no actuamos pronto, si no cogemos, como se dice coloquialmente, el toro por los cuernos, no sólo nos arriesgamos a perder el tren del desarrollo, como mínimo para la próxima década. Nos arriesgamos a tirar por la borda 50 años de desarrollo económico que introdujeron a España en el primer mundo.
No podemos seguir con una estructura administrativa e institucional tan intrincada, prolija y costosa como la nuestra, que apenas tiene parangón en los países más desarrollados: una Administración central, 17 comunidades autónomas y más de 8.000 ayuntamientos que gestionan, en muchos casos, competencias duplicadas y triplicadas. Recientemente, hemos superado la cifra de 3 millones de funcionarios, cuando en 1978 había poco más de 1.300.000 en toda España, y eso que, en 1978, todavía no había ordenadores personales, ni teléfonos móviles ni Internet.
Al coste financiero de una estructura administrativa de este calibre hay que añadir también el coste, aún más importante, de la maraña normativa y legislativa que emana de las 21 cámaras legislativas que tenemos en España (el Congreso, el Senado, 17 autonómicas y 2 ciudades autónomas). Un auténtico laberinto normativo que está desvirtuando el mercado único español y que, por ello, se está convirtiendo en un serio obstáculo a la actividad económica y empresarial.
Otro factor en nuestra contra es que España es uno de los países desarrollados más dependientes del petróleo y del gas. Y lo es porque, en España, la energía nuclear tiene, incomprensiblemente, un papel menguante, en lugar de tener, como en el resto del mundo, un papel creciente, dado que es la energía más eficaz, más barata y más limpia de todas.
Ninguna de nuestras universidades está entre las 200 mejores del mundo, aunque somos la novena o la décima potencia económica del mundo. Y son pocos los universitarios españoles que, al acabar la carrera, pueden hablar inglés con fluidez. Esta es una realidad que debería llevarnos a una profunda reflexión acerca de la calidad y la eficacia de nuestro sistema educativo, y acerca de su influencia en la competitividad de nuestro sistema productivo, especialmente en lo que concierne a la innovación tecnológica. Nuestro sistema financiero, en lugar de ser catalizador del crecimiento económico, se ha convertido en uno de sus principales lastres, y habría que sanearlo a fondo.
Muchas pequeñas y medianas empresas rentables y solventes se ven abocadas al cierre porque las entidades financieras, particularmente las cajas de ahorro, no les conceden créditos. Y no se los conceden ahora porque, en primer lugar, han prestado más de lo que podían prestar y ahora necesitan toda la liquidez que puedan obtener para apuntalar sus balances. El problema es que, buena parte de la destrucción de empleo proviene, por desgracia, de empresas rentables y solventes que se ven abocadas a la quiebra porque no pueden financiar su capital circulante o sus operaciones corrientes.
Es preciso abordar cuanto antes una profunda reforma del marco laboral en España. Hace ya años que nos lo recomiendan todos los expertos y los organismos internacionales, incluido el Banco de España, porque no podemos seguir por más tiempo con un marco laboral propio de una dictadura autárquica y cerrada al exterior que nos convierte en la fábrica de parados de Europa. Y la clave no es abaratar el despido o recortar los derechos de los trabajadores.
La clave es, más bien, facilitar la contratación de trabajadores en empleos más flexibles y, por lo tanto, más estables. Y aquí, el principal obstáculo es la negociación colectiva. Y es que, como muy bien ha señalado Jordi Sevilla el pasado domingo en El Mundo, tienen que existir fórmulas intermedias entre estar empleado a tiempo completo haciendo horas extraordinarias o quedarse en el paro. Con esta rigidez, no es extraño que, cuando vienen las vacas flacas, España se convierta en la principal fábrica de parados de Europa.
Ha llegado la hora de decir la verdad a los españoles: serán necesarios muchos sacrificios y muchos recortes como los que ha aprobado el Gobierno. Tendremos que admitir que el crédito, probablemente, nunca volverá a ser tan barato ni tan fácil de obtener como lo ha sido hasta ahora. Tendremos que admitir, pese a quien le pese, que la Administración tiene que adelgazar y tiene que ser mucho más austera: tanto el Estado como las comunidades autónomas y los municipios, que de ahora en adelante tendrán que coordinar mucho más sus políticas, sus actuaciones y sus competencias, y mirar cada euro que se gasta como si fuera el último.
Tendremos que admitir que, si queremos crear empleo, no podremos seguir con un marco laboral que no se parece en nada al de los países de nuestro entorno y sí en mucho al de una dictadura autárquica. Tendremos que admitir que, si queremos garantizar las pensiones, habrá que ir, cuando menos, a un sistema que haga depender más directamente la pensión que se cobre de lo que se haya cotizado en toda la vida laboral. Y tendremos que admitir que si queremos competir, en la era de la globalización, con los países más avanzados, tendremos que reformar a fondo nuestro sistema educativo.
Es la hora de la responsabilidad y de la altura de miras. Van a ser necesarios muchos sacrificios y a los políticos nos corresponde, más que nunca, explicar con claridad a los ciudadanos cuál es la verdadera situación, ofrecer propuestas y huir de la demagogia y del populismo.